Elegimos las fechas a propósito: principios de diciembre, para ver Viena con sus luces, sus mercados y ese ambiente navideño que tiene. Fuimos en familia y, como siempre, con la X100V y nada más.
Llegamos el viernes ya de noche, después de hacer escala en Frankfurt, así que el viaje empezó de verdad el sábado por la mañana. Y tuvimos suerte: hizo frío, aunque menos del que pensábamos, e íbamos bien preparados. Además, no llovió en todo el fin de semana, y eso en diciembre es mucho decir.
El viaje casi empieza con mal pie. Unos días antes, el Airbnb que teníamos reservado nos escribió para decirnos que tenían problemas por unas reparaciones. Nervios. Pero encontramos otra opción que encajaba y el cambio fue a mejor: una casa espectacular, grandísima y prácticamente en el centro. Mejor situada, imposible.
Andando hacia el centro
El sábado salimos a pie desde casa. Antes de llegar a lo típico, Josefstadt ya dejó las primeras fotos: un teatro de hace más de dos siglos, terrazas con mantas en cada silla y floristerías llenas de adornos de Navidad.

Theater in der Josefstadt, un día cualquiera.

En Viena las terrazas no cierran en invierno: sacan mantas.

Una floristería vestida de Navidad.
Lo típico, que para eso está
Después, lo que toca ver en un fin de semana: la plaza de María Teresa, el Ring, el Hofburg, la Ópera, San Esteban, el Graben… No voy a contar el itinerario paso a paso. En dos días se trata de ver lo esencial y dejar que la ciudad haga el resto. Viena es elegante, ordenada y muy agradecida para la cámara, y los fiaker, los coches de caballos, siguen dando vueltas por el centro como si no hubiera pasado el tiempo.

María Teresa, en bronce verde, entre los dos grandes museos.

El Ring, a otra velocidad. Solo dejé el rojo.

La Heldenplatz, con el Ayuntamiento asomando al fondo.

Cochero con bombín en la Heldenplatz.

La Ópera al fondo, y Viena en bici.

Un fiaker a contraluz, delante de la Ópera.

Viena en diciembre: edificios envueltos como regalos.

San Esteban y su tejado de tejas de colores.

La columna de la peste, en el Graben, en un día gris.
Escaparates que parecen museos
Sin buscarlo, acabé haciendo una pequeña serie de escaparates. En Viena hay tiendas que parecen museos: una de velas con lámparas de araña, otra con casetes, móviles antiguos y juguetes de lata, y la vitrina de Foto Fayer, llena de Rolleiflex y cámaras que ya me gustaría tener.

La vitrina de Foto Fayer. Imposible pasar de largo.

Casetes, vinilos y Nokias: la nostalgia en un escaparate.

Una tienda de velas, con el reflejo de la calle en el cristal.
La noche, en el mercado de Navidad
Y el sábado por la noche, lo que habíamos venido a ver: el mercado de Navidad de la plaza del Ayuntamiento. Árboles llenos de corazones rojos, una noria, puestos por todas partes y el Ayuntamiento iluminado de fondo. Eso sí, el vino caliente que se bebe en todos los puestos no nos gustó a ninguno. Las luces, en cambio, sí.
La foto del arco de la entrada, la de la portada, fue toda una aventura: todo el mundo quiere esa foto, y conseguir un hueco sin cabezas delante tiene su mérito.

Corazones rojos colgando de los árboles.

La noria del mercado, toda luces.

El Ayuntamiento, iluminado de noche.
El domingo, Belvedere y Schönbrunn
Casi todo lo hicimos a pie. El domingo por la mañana tocó Belvedere y después Schönbrunn, lo único para lo que cogimos transporte, a la ida y a la vuelta.

Belvedere, reflejado en el estanque con el sol de la mañana.

La fachada de Belvedere y sus jardines.
Schönbrunn es precioso, pero vaya gentío: una auténtica locura de gente. Allí nos quedamos con una pena: en los jardines había un camino de luces, pero hacía falta comprar la entrada con antelación y no lo habíamos visto en ningún sitio antes de viajar. Aviso para quien vaya: miradlo antes.

La bienvenida a Schönbrunn.

El árbol del mercado de Schönbrunn.

La noria y el palacio, reflejados en un cristal.

Las luces de los jardines de Schönbrunn.
Unas palabras de euskera en Viena
Lo que más recordamos del viaje no sale en ninguna foto. El domingo por la noche, volviendo de Schönbrunn, nos tocó un conductor de Uber kurdo y muy majo. Nos preguntó de dónde éramos. Al decírselo se mostró muy interesado: sabía un montón sobre nuestra historia y le encontraba muchas similitudes con la de su pueblo. Acabó aprendiendo unas palabras en euskera y nos dijo que algún día vendría con su mujer a conocer Euskadi. Ojalá. Aquella fue nuestra última noche en Viena. A la mañana siguiente tocó volver, con algo de retraso de regalo.
Algunos puntos de interés
Lo que me llevo
Me quedo con las luces, el frío sin lluvia y esa Viena cotidiana que se cuela entre monumento y monumento.
